Capítulo III. Lo que fue olvidado

La noche era completamente mágica y el viento ululante, las estrellas difundidas en el cielo y la luna gótica creaban un escenario de soledad, misterio y agonía, en donde sobresalía la voz de Ahriman distanciándose de cualquier otro sonido.
– Provengo de un lugar llamado Sargoria Nergrot; un sitio inhóspito, desolado y casi olvidado por todos – Sonrió discretamente recordando aquél lugar – Los días eran siempre nublados y oscuros, todo lo verde era negro, y había un clima tan frío que ningún mortal resistiría.
– Claro, la antigua jerarquía. Sargoria es una ciudad de Dioses y … – Ahriman la interrumpió.
– Llamaban Dioses a los de mi raza por su inmortalidad condicionada y excelente manejo de los elementos y sus fusiones, como el matram. Además de ser maestros en la alquimia. – Suspiró – Mi padre fue el mejor, él fue mi maestro.
– ¿Qué sucedió? – Lauren parecía intrigada con lo que parecía avecinarse en la conversación. Los recuerdos no la soltarían hasta que ella aceptara el futuro incierto que ahora se presentaba bajo la forma de un atractivo caballero escondiendo tras su tranquila mirada un sinfín de misterios. Su alma deseaba salir corriendo, pero ella se mantuvo firme pese a todo y en un gesto mecánico bebió de su copa y lo miró atentamente. Como si el universo conspirara, recordó a su padre hablarle y al mismo tiempo el eco de una voz que gritaba su nombre con odio. Lauren aclaró sus pensamientos y se obligó a concentrarse en el hombre que estaba frente a ella, se dejó enamorar por su voz.
– Una noche mientras todo el reino dormía los exterminadores arribaron al lugar en blancos pegasos – Ahriman respiró profundamente mirando la luna para ahogar el dolor con el placer de aquella noche – La batalla llevaba siglos, una lucha constante que debatía qué raza debía ser exterminada pues según ellos no había lugar para nosotros en este mundo. Pero ésa sería la penúltima batalla entre nuestras razas.
– ¿Hace cuánto tiempo sucedió? – preguntó Lauren con tranquilidad, tratando de comprender.
– Alrededor de 460 años humanos.
– ¿Y usted también salió a defender?
– Sí, tenía sólo 6 años Morph, 18 para los humanos. Ya sabía pelear con magia y armas – se detuvo para beber de su copa – Ayudé a mi padre quien defendió el reino a toda costa, pero no pude ayudarlo a salvarse, ni a mi madre.
– Era joven, inexperto. No podía evitarlo usted solo.
– En realidad fue suicidio, mi Lady.
Lauren lo miró sorprendida. Una vez más todo no terminó como a ella solían contarle esas viejas historias. Aun recordaba el calor de su padre y su cálida voz al contarle historias de reinos perdidos y valles lejanos. Una historia similar a la de sus padres que terminaría perdida en el tiempo y las memorias de todos los que alguna vez supieron de su existencia.
– Muchos Morphs habían muerto, el castillo estaba invadido y la cámara real acorralada, mi padre era el único que podía hacer que regresaran todos. Pero no lo hizo. Llamó a un guerrero de Wyvern, me entregó a Diabolum y me dijo que yo era el único que podía hacer que regresaran todos los de mi raza, pero debía obtener la espada de los exterminadores; Cernius, y derrotar a los guardianes de Nergrot. Aun recuerdo el delicado aroma de mi madre y sus labios besando mi frente segundos antes de que el jinete me sacara del lugar al que ya no pude volver. Desde entonces una persecución se ha llevado a cabo buscando mi muerte.
Una vez estando lejos del lugar, miré hacia atrás y vi cómo una gran energía negra cubrió el reino. Quedé perplejo, tanto que no me di cuenta que el jinete estaba herido gravemente y los ángeles que nos perseguían habían caído. En un aterrizaje forzoso las últimas palabras del guerrero fueron “…Tres poderes unidos y separados entre sí… Búscalas…La esencia de Cernius nos mata… fusiónalas… vence a los guardianes… nuestra raza jamás caerá” – Ahriman bebió de su copa y guardó silencio. Lauren había escuchado con atención, miró la luna y a la pareja de jóvenes que permanecía en la entrada del recinto – mi Lord, ¿sabe quién posee a Cernius? ¿Lo conoce?
– ¿Qué si lo conozco? – Reprimió Ahriman con ironía – Es un ser que vaga como anónimo, solitario. Que se encuentra en la misma situación que yo.
– Algunos preferimos el anonimato, eso no me sorprende. Pero, ¿ya lo ha visto?
– No sólo verlo, han sido las batallas más arduas que he tenido. Podría decirse que somos gemelos, a no ser por nuestras razones opuestas de vivir; Él extermina y yo lucho por sobrevivir.
– Siempre habrá alguien opuesto a nosotros, algunas veces creado de nuestra propia costilla. Es difícil acabar con una parte de nuestro ser. – Se volvió lentamente hacia Ahriman – Principio de dualidad. – sonrió coquetamente al contraste de su mirada triste y vacía. Ahriman hacía un esfuerzo por comprender los cambios drásticos en Lauren, una vez sutil y delicada y otras segura y confiada, lo que le daba un aspecto de elegante agresividad sin mostrarse impaciente por atacar.
– ¿Me contará de usted mi Lady? – apremió con un intento bien logrado de acabar con el silencio entre ellos.
– Hija de Lord Heyduk: el Dios Soberano y Terrible. Dios de Istria Guerna; un lugar tranquilo y de gente pura. Fue el centro de poder y educación de muchos reinos. Y a pesar de su armonía, era bien sabido que siempre sería un lugar difícil debido a todo lo que el mismo reino representaba, pero para mí era perfecto por ser hija de quien era. Amaba todo en ese lugar, ya había conocido el mundo pero ese siempre sería el lugar perfecto para mí, hasta que una noche todo cambió. Alguien había llenado de ideas al mago superior de los consejeros reales y eso había manchado su alma. Aquél que un día juró lealtad al reino de Istria y a su Dios, ahora se revelaba contra mi padre porque deseaba el reino y todo lo que era para él mismo. Según él, era momento de que Istria cambiara de Dios y en un ataque cruel, despiadado y cobarde él y sus aliados destruyeron a mi padre.  Desde ese momento yo me convertí en el objetivo, el mago sabía que yo era la única con poder y autoridad para entregarle el reino como debía ser: Él necesitaba ser un Dios.
En el arte de la magia y la defensa yo no era un ser experimentado. Era demasiado joven para intentar cualquier cosa y a pesar de la lucha que enfrentaron con quienes aun servían al reino y la realeza no fue difícil para ellos tomarme prisionera.
Los años pasaban y el paso del tiempo beneficiaba a mis raptores y al autor que deseaba el reino. Tras intentos fallidos por coronarme como nueva Diosa debido a mi edad, desistió de su plan por convertirse en Dios  y se conformó con gobernar Istria con el poder que ya tenía. El tiempo, como todo lo demás seguía su curso, hasta que yo tuve el valor suficiente para hacer algo. Aun era demasiado joven pero mi inocencia y aparente ignorancia de lo que ocurría a mí alrededor lograron limar asperezas y doblegar los egos de unos cuantos guerreros obligados a servir al mago; uno de los más jóvenes juró servirme en secreto. Su nombre era Damnyell, él me mostró todo cuanto sabía de magia, armas, ciencias y defensa. Mi juventud llegó y los cambios ocurrieron; la experiencia por fin era mi arma, el tiempo a mi favor comenzaba a correr en mi contra y los siete caballeros que poco tiempo después de Damnyell juraron servirme me aconsejaban recuperar el reino antes de que fuera demasiado tarde. El mago contaba los días para obligarme a convertirlo en Dios junto conmigo, el momento en que mi tiempo se detendría estaba por llegar.
La noche en que salí del castillo que era como mi celda, todo aconteció demasiado a prisa para recordarlo con detalle. El mago había descubierto mi romance con Damnyell, y sin que nadie pudiera intervenir lo alejó de mí para siempre. Me obligaba a desposarlo o el reino se perdería para siempre sin un nuevo Dios. Yo preferí que todo se perdiera en nuestras memorias antes que entregarle un poder y un reino a un ser que no lo merecía. Utilicé todos mis conocimientos, mi coraje por mi amado, el dolor de la muerte de mi padre, la ira por tener que abandonar todo lo que un día conocí y hundí el reino en las cenizas del mago.
– Puedo comprender tu dolor, Lauren. – Ahriman no había dejado de observarla; la manera en que se movía su cabellera por el acto del viento, sus labios rojizos que se movían al tiempo en que materializaban una voz fría y sin embargo cálida. Su gélida palidez que se iluminaba con los rayos de la luna. Podía imaginar el dolor que había en su alma, pues él también lo sentía. Era una complicidad que iba más allá de las palabras. ¿O era su belleza quien lo hechizaba? A un tiempo parecía viva, y al otro su belleza se inmortalizaba.
Gritos de horror rompieron el silencio. Una regla que se rompía. Ahriman y Lauren se incorporaron rápidamente como si despertaran de un sueño, se miraron fijamente unos instantes y Lauren dijo algo en una voz tan baja que Ahriman no comprendió. Tomó su capa y se encaminó apresuradamente hacia el salón principal. Ahriman la siguió en el acto.
– Es hora de irse – exclamó Lauren mientras se ponía la capa sin detenerse siquiera a dirigirle una mirada a su compañero. Atravesaron el atrio nuevamente. Jóvenes ebrios se encontraban a su paso tratando de salir a toda prisa y con paso torpe.
– ¿Cuándo volveré a verla? – Ahriman le seguía el paso a Lauren tratando de caminar a su lado, pero ella no se detenía.
– No es el momento para hacer citas, Ahriman. – Lauren deseaba salir del lugar sin contratiempos. Llegaron a la puerta principal donde un caballero vestido de negro y cuyo rostro se ocultaba bajo la sombra de la capucha de su capa, la esperaba. El ser era alto y fornido como un roble. Pasó su brazo por la espalda de Lauren en signo de protección y la guió hacia la salida.
Ahriman se apresuró a alcanzar a la pareja.
– Espere mi Lady, por favor. Es necesario volver a verla. Vaya a mi castillo en dos semanas. Habrá una reunión con mis caballeros – El acompañante de Lauren se enfrentó a Ahriman. Y con voz grave y amenazante le dijo que era hora de irse. Sus ojos brillaron en la oscuridad. Lauren se adelantó, ordenando al caballero esperar.
– Las criaturas de la noche, somos seres solitarios. No prometo una nueva cita, pero haré lo que esté en mis manos. Fue una agradable velada Lord Ahriman. – Lauren miró a su acompañante, asintió en silencio y salieron de ahí apresuradamente.

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Luna

Es de noche y mi Luna se ausenta
primera vez que ella no se presenta
y mi alma en silencio se lamenta
pues nunca tarde llega su presencia
bajo la noche cual bella creencia
sigilosa como la fría ciencia.

 

Otra noche más sin ella presente
y la soledad de mi se divierte
mi vida y su recuerdo aún inertes
añoran aparesca de repente
al lado de la esperanza tan fuerte
de poder besarla antes de mi muerte

 

¿Dónde estás princesa, mi bella luna
dejándome vivir con esta duda?
Si sabes que como tú no hay ninguna
¿Por qué me dejas solo y sin fortuna?

 

Una semana más sin su consuelo
cayendo al infierno de mi sueño
viendo a los demás reir con reselo
y yo atascado en este duelo
pues sin su calor yo seguir no puedo
envidiando a todo hombre con gran celo.

 

Recordando dedicarle su canción
la que le cantáse con tal devoción
sin pena ni vergüenza, con gran razón
pues su luz me cambió en toda acción
dándole por completo mi corazón
y dejando el infierno sin confusión.

 

¿Dónde estás mi vida, mi bella luna
dejándome morir con esta duda?
Si sabes que como tú no hay ninguna
¿No me das oportunidad alguna?

Capítulo II. Indagaciones erróneas

Cuando el baile cesó, Lauren le sonreía con satisfacción. El clímax había entrado y se había ido con tranquilo acontecimiento y ahora que sólo las voces de los asistentes se escuchaban todo parecía diferente y quieto. Sus almas se habían vuelto cómplices de los tormentos que ambos sentían por cada una de sus penas y era necesario para Lauren que así permanecieran. Si lograba aquietar a su corazón, su mente terminaría siendo domada y el dolor amenguaría para que ella pudiera sobrevivir unos años más… Lauren le agradeció la velada y se despidió.
– Mi lady. Mi sed de sangre puede saciarla cualquiera. Sin embargo, evito aquél vicio fruto de mi condena – Ahriman se adelantó tomándola suavemente de su brazo y la dirigió hacia sí con cordialidad.– Haga que mi condena sea placentera, ¿Me acompaña? – Ahriman respiró profundamente y la miró a los ojos, esperando una respuesta.
Lauren estudió detenidamente al caballero, con cierta curiosidad por saber de qué se trataba todo aquello. Su delicadeza fría y vacía le hacían dudar, pero su ser pedía una oportunidad. Después de unos instantes, aun dudosa, aceptó y se tomó del brazo de su acompañante, quien la guió.
Salieron del salón sin prisas y atravesaron el pequeño atrio que actuaba como recibidor. Caminaron por el borde de la sala principal, algunas personas al ver pasar a la pareja sonreían saludándolos y elevando sus copas, como aprobando la compañía que se hacían el uno al otro. Ahriman se acercó a un mozo que se encontraba cerca de un pilar, casi seguro de que estaba hipnotizado por la manera torpe con que se movía, su silencio y su mirada perdida. Sólo tomó dos copas de champagne que llevaba sobre una bandeja de plata, dándole una a Lauren. Continuaron caminando sin cruzar palabra alguna, hasta llegar a un lugar que parecía común, a no ser por una entrada detrás de unas pesadas cortinas, por donde atravesaron saliendo a un pasillo.
Aquél pasillo era largo, tenía pilares a los costados y era una entrada alterna a la sala principal. El corredor estaba adornado por candelabros empotrados en las paredes, con algunos cuadros y escasas esculturas debajo de éstos.
Conforme avanzaban parecía que la luz huía, cada paso simulaba ser una puñalada a la luz cada vez mas fuerte provocando que ésta se extinguiera. El lugar era sombrío, desolado, denso. El sonido de los instrumentos que volvían a tocar se apagaba cada vez más. De pronto el silencio reinó el lugar. Ni una voz, ningún suspiro, sólo el eco de pasos ahogado en la pared. Llegaron hasta una puerta de roble con pequeños relieves en los bordes, unas mancuernas doradas, ya empolvadas por el paso del tiempo, la cual Ahriman abrió sin dificultad alguna. Al entrar percibieron un aroma a rosas casi imperceptible, y al ir adentrándose al lugar un claro de luz bastante tenue se abría paso a través de la oscuridad. Se encontraban en una antecámara. Las paredes tenían temas predominantemente guindas con algunos adornos dorados en completa armonía, los sillones de madera fina y estampados florales amueblaban el lugar junto con unas mesitas de color claro, y sobre ellas unos floreros de exquisito gusto con rosas casi marchitas, creando un ambiente solitario. El piso era de mármol con tapetes y alfombras lujosas. Remataban la habitación el techo en forma de bóveda y un candelabro enorme adornado con piedras preciosas.
Al costado izquierdo se encontraba una puerta que dirigía a un dormitorio, habiendo sido creado para la instancia de personas de la aristocracia, por cuestiones de comodidad, debido a que un viaje nocturno sería algo incómodo, preocupante y arriesgado a asaltos nocturnos, después de las reuniones aristócratas y ceremonias de alta alcurnia.
Aquél antiguo teatro había sido anfitrión de grandes sucesos como coronaciones de reyes, representaciones de obras teatrales a los nobles, conciertos de ópera y orquestas de reinos antiguos. Esta noche sería testigo de algo siniestro y sangriento, un festín vampírico.
Al final de la habitación se elevaba un majestuoso ventanal. Los cortijeros y sujetadores tenían una chapa de oro, las cortinas algo oscuras eran de seda fina con detalles de algodón. Detrás de aquél enorme ventanal se extendía un balcón, el piso de éste era mármol negro, el barandal que lo delimitaba era de piedra con relieves góticos y a los costados del balcón yacían como guardianes del recinto dos enormes gárgolas, en completa armonía con el exterior del teatro, una combinación de arte gótico y barroco. Ahí se encontraban dos sillones sencillos y una mesa bajita con mantel blanco bordado, lo que la hacía aparentar lujosa.
Desde el balcón se tenía una vista completa de la ciudad, que con la oscuridad de la noche y la luz lunar creaba una ilusión de una ciudad fantasma. La luna brillaba con un tono amarillento y el viento gélido de esa noche se hacía presente una vez más, sacudiendo de manera sutil la cabellera de Lauren. La música de la fiesta y algunas risas luchaban por no perderse en el abismo del silencio que ahora reinaba, mientras una pareja de jóvenes salía a la calle.
Ahriman vio su copa contra la luna, luego la dejó sobre la piedra dirigiéndose a Lauren.
– ¿Cómo es que me conoce, mi lady?, hasta ahora nadie sabía que soy un Morph. – hizo un leve guiño al tiempo que la miraba a los ojos.
– He oído hablar de usted últimamente. Se ha vuelto terriblemente difícil de evadir en las conversaciones – sonrió – demasiadas damiselas darían lo que fuera por estar en mi lugar en estos momentos, incluso podrían intentar quitarme del camino. Soy muy afortunada ¿no lo cree? – continuó hablando en tono sarcástico.
– Es la única en saber de mi origen – Ahriman se recargó en la piedra y su vista se perdió en la negrura del horizonte – es una dama muy inteligente, y además bella mi Lady.
– Eso es porque mi naturaleza no me permite ser ingenua. Y mi Lord… si trata de seducirme con champagne y una vista como ésta permítame decir que usted está perdiendo su valioso tiempo. – dijo con desenfado y algo que pareció indignación apareció por unos instantes en el rosto de Lauren. Acto seguido dejó su copa sobre la mesa para regresar a la fiesta.
– Si intentara eso, no escogería champagne y una vista lóbrega. Sólo quiero conocerla más. – él se quedó inmóvil mientras observaba la luna y escuchaba los movimientos de Lauren mientras se detenía en seco frente al ventanal.
– ¿Conocerme? – Giró de manera desafiante en dirección a Ahriman – Perdone, pero ¿qué interés puede tener en mí que no sea placer a juzgar por la necesidad masculina? – la sangre le corría estrepitosamente por las venas, su molestia incrementaba. Se sintió ofendida.
– Mi lady, usted sabe de mi pasado, de mi raza. ¿Qué más sabe? – Ahriman se volvió hacia ella cruzándose de brazos y dejando su copa intacta. Comenzaba a perder la paciencia y el hecho de que ella hiciera caso omiso a sus preguntas y a su verdadera intensión empezaba a desesperarlo.
– Eres el heredero al reino Morph, sólo eso. – respondió indiferente.
– ¿Quién más lo sabe? ¿Se lo ha dicho a alguien más? – preguntó con algo de presión en la voz.
– No. ¿Porqué tanto interés en algo así? El hecho de que te hayas vuelto ineludible en las conversaciones no tiene significado alguno para mí que haya podido obligarme instintivamente a investigar sobre los tuyos. – sonrió despreocupada y se acercó a él mirándolo a los ojos. Ahriman se perdió en el abismo de aquellos ojos grises y sintió como si la gárgola detrás de ella se desprendiera de sus cimientos y se abalanzara sobre él. Sufrió un leve mareo. Su dieta consistía en sangre, carnes rojas y algo de vino, pero semanas antes había renunciado a sus hábitos vampíricos viviendo sólo de agua, vino y algunas frutas, dejándolo débil. Escuchó leves risas provenientes de la puerta del teatro, se percató que eran los jóvenes que habían salido momentos antes.
– Hay alguien que desearía estar en su lugar justo ahora, sabiendo lo que sabe y empuñando un arma lista para serme clavada – la miró con intriga, esperando alguna reacción delatadora. Pero no sucedió.
– ¿Porqué? ¿Qué daño le has causado? – Lauren se cruzó de brazos con indiferencia. Cerró unos instantes sus ojos, como recordando algo o a alguien. Ahriman simplemente dedujo que ella trataba de sentir la brisa en su rostro y la contempló mientras hablaba.
– En sí, el daño se lo hicieron los suyos. Pero hasta que yo muera por su espada podrá descansar, y usted puede ayudarme a que eso no suceda – bajó la mirada cuando Lauren abrió los ojos abruptamente como un felino al sentir a su presa rondando a su alrededor.
– ¿Y supones que yo conozco a ese ser o que puedo evitar dicha batalla? –
– Al menos sabré si el exterminador lo sabe – Lauren se sintió algo incómoda al escuchar esas palabras.
– Bien, hasta ahora no había hablado con alguien de esto, por lo que de mí nadie lo sabe.  Lo que yo escuché bien podrían ser sólo rumores de una información distorsionada o mal infundida entre seres que nada saben del asunto. Pero podría ayudarle.
– Se lo agradezco, Lauren. Pero es raro que simplemente me ofrezca su ayuda así nada más. – Ahriman no creía lo que escuchaba y su sentido de alerta le hizo desconfiar de tan repentina amabilidad.
– Cierto. Yo podría hacer que investigaran la fuente de tan peligroso comentario y entre otras cosas esas pistas podrían guiarnos hasta su perseguidor. Pero antes deberás contarme qué sucede. No me agrada la idea de haber ofrecido mi ayuda sin saber a qué nos enfrentaremos y detesto la idea de tener un exterminador buscando por mí – suspira tras una leve sonrisa – ¿Aceptas la condición?
– No confío en extraños, mi Lady, así que le contaré mi historia si me cuenta usted la suya. Una damisela como usted debe ser un mar de secretos. – la miró a los ojos esperando una respuesta.
Lauren asintió en silencio y tomó asiento en espera del relato. Ambos bebieron de sus copas y Ahriman comenzó a relatar su historia.

by Laura Trinidad
and Jorge Ocaña

Capitulo I. Danza de sombras

Era tan bella la noche, se sentía tan fría, tan desoladora, tan deprimente, tan oscura… El viento soplaba fuerte y la luna se apreciaba claramente. Era una de esas noches en las que el pasado hiere, el presente asfixia y el futuro advierte que todo dará un giro inesperado. Para bien o para mal, ella le hacía una reverencia a su futuro mientras entraba al recinto.
El lugar se abarrotaba de gente, unos bailaban y otros charlaban en tan animada reunión. De nuevo, perdida en un mar de mortales; de facciones frescas y mejillas sonrosadas. Mujeres hermosas en suaves telas de grandiosos colores y desfiles de diamantes en todo tipo de joyería. Hombres apuestos en ideología de príncipes. Nadie deseaba estar solo en una velada así, incluso quienes no pertenecían a la sociedad mortal y a quienes Lauren siempre imaginó como seres solitarios se encontraban allí, en compañía de algunos semejantes. El mundo había cambiado, y con él también lo habían hecho las criaturas que nacieron a un mundo de tinieblas y lleno de reglas igual que la sociedad común de los mortales. Ahora, todos eran libres siempre y cuando respetaran las reglas de oro que sobrevivieron a la abolición causada por los rebeldes. En teoría nada había cambiado.
Al abrirse paso entre algunos asistentes para conseguir una mesa disponible se sintió observada, fingiéndose ignorante de tal acción giró en su derredor para tocar el hombro de un mesero y mientras le sonreía cordialmente tomó una copa de vino, al mirar por sobre el hombro del sirviente encontró a quien la observaba desde que entró al lugar; un apuesto joven de ojos almendrados y espesas pestañas que le sonreía nerviosamente. A pesar de la considerable distancia ella podía escuchar los pensamientos del  joven inexperto que acudía a la fiesta en busca de su primera experiencia con el amor y la vida. Una experiencia que seguramente dolería. Ella le devolvió la sonrisa y le deseo suerte en silencio mientras volvía a su mesa.
La música sonaba, el vino se servía, las risas no faltaban, y todo parecía salir bien para los anfitriones.  Lauren observaba la manera en que la fiesta se desenvolvía y cómo todo y todos parecían complementarse de uno u otro modo. La vida para todos los mortales era una aventura, y en la actualidad, cada noche es una aventura. Lauren se preguntó cuántas aventuras de una noche habría en cada ser inmortal allí presente y si cada una había valido la pena. Una pregunta que también la incluía a ella.
Despejó su mente y cerró sus pensamientos una vez más. Una acción común entre los inmortales que ella misma dominaba por completo. Hacía tanto tiempo desde la noche en que juró no volver a abrir su mente a los demás que en ocasiones se preguntaba si lo hacía por inercia o en verdad le ordenaba a su mente callar. Se disponía a salir del salón de baile cuando alguien le habló a unos pasos detrás de ella.
– La noche es joven Lady Hathor, podría divertirse un rato más, ¿o es que está aburrida de tantas reverencias, buenos modales y apariencias? – Lauren tomó su capa y miró hacia la multitud fijando la vista en algún punto del salón. Parecía absorta en sus pensamientos e inesperadamente regresó a su realidad cuando una pareja pasó discutiendo frente a ellos.
– No hay nada para mí ésta noche Lord Brodverick. Además; no dispongo de una compañía agradable para seguir con la velada y parece ser que eso es algo esencial en ésta fiesta y no me considero la apropiada para que el único heredero Sargoû quiera pasar el resto de la velada a mi lado. Supongo que debí esperar un poco e invitar a alguna de mis recientes víctimas a divertirse en la última noche de su vida… Es una verdadera lástima que mi apetito no haya podido esperar – y sonriendo con sorna inició su trayectoria hacia la puerta principal del salón, sin despedirse.
Él la siguió con tranquilidad guardando distancia entre ellos y sin hablar. La observó de arriba hacia abajo; su cabello largo y negro, tan negro que al contacto con la luz del lugar parecía producir destellos azules como el plumaje de un cuervo. Del mismo color sus ropas, un vestido negro y ceñido a su figura con un pronunciado escote en la espalda que le permitía ver su piel tersa y blanca, pero lo que más llamaba su atención era un collar de dos vueltas hecho con pequeñas perlas negras que adornaba su cuello, un exquisito detalle para el cuerpo de la joven que caminaba delante de él, pensó mientras sonreía maliciosamente. De pronto, alguien se atravesó en su camino y acto seguido varios jóvenes ebrios aparecieron haciendo su propia fiesta frente a él. Cuando logró abrirse paso para continuar, ya no encontró a la damisela que seguía hacía unos instantes. Salió del salón de baile y la buscó por toda la estancia en penumbras. Lauren salió de entre las sombras y le sonrió un breve momento, luego se volvió hacia una de las puertas que se encontraba en la antesala del salón y tras cruzar la puerta llegó al balcón.
Ahriman entró tras ella y nuevamente observó la figura de su compañera, ésta vez trató de imaginarse a la damisela al acecho, pero sólo consiguió ver imágenes de sufrimiento. Imágenes donde ella aparecía en medio de lugares incendiados y un castillo lejos de todo donde ella alguna vez vivió como prisionera. Ahriman abrió rápidamente los ojos, y aunque todo duró solamente una fracción de segundo, la sensación de vacío y el dolor en su alma le decían que todo fue real.
Lauren observaba a los invitados divertirse, ignorantes de las atrocidades que ocurrían frente a ellos. El ambiente cambiaba, la sensualidad se desbordaba, el alcohol que parecía no tener fin, la libertad que se volvía libertinaje y el aroma de la sangre… Cerró sus ojos y esperó. Esperó a que el tiempo corriera y siguiera su curso, escuchó su cuerpo, silenció su alma, ahondó su ser con el estruendo de la música y entonces, en medio de la nada los recuerdos la atormentaron. Fue como si su alma se lanzara del balcón y se estrellara contra el mármol del salón. Ahriman le pidió que tomara asiento y ella en silencio obedeció. Él no creía lo que veía, la dama que tenía frente a sí, aparentemente ajena a todo aquello, pero era tan peligrosa como cualquiera que fingía no saber. Si le hizo una llamada sin palabras, Ahriman no la captó. Si hubo algún comentario, él no lo percibió. Ella simplemente se limitaba a mirarlo. Su apariencia era la de una criatura radiante de joyas y llena de luz a pesar de la elegante sencillez con la que iba vestida. La intensidad de su belleza hecha carne le hizo soltar un leve jadeo. Sí, lucía una indumentaria perfecta de mortal y, no obstante, su aspecto era aún más sobrenatural; su rostro era demasiado deslumbrante, sus ojos oscuros resultaban insondables y, durante una fracción de segundo, destellaron como si fueran dos ventanas asomadas al fuego del infierno. Le intrigaba descubrir todo lo que ella era, pero habría tiempo para eso, ahora su prioridad debía ser lo que ella sabía de él. La observó durante breves instantes antes de que considerara prudente hablarle, pero ella habló primero.
– Llevas toda la noche buscándome – dijo al fin. Y cuando su voz se hizo sonar, ésta era suave y casi burlona, obligándole a concentrarse para entenderla  – Pues bien, aquí estoy aguardándote. Llevo esperándote toda la velada.
Y, pese a todo, mortal o inmortal, nunca nadie le había resultado tan seductor, ni le habían cautivado tanto jamás. Aquello era el amor. Aquello era el deseo. Todos sus amoríos pasados no eran ni siquiera la sombra de éste. De pronto, un balcón los envolvió, privado y frío.
– ¡Esto no es más que un atroz azar! – musitó Ahriman de pronto. – Soy un demonio involuntario que llora como un chiquillo abandonado. Me encantaría poder volver a mi hogar.
– Esto podría ser un azar, pero no lo es. Sabías que estaría aquí. – Lauren se acercó lentamente, le sonrió y le tendió su mano. Ahriman le devolvió una sonrisa aun atormentada por todo lo que ella provocaba en él y tomó su mano. Salieron del lugar en silencio y regresaron al salón.
Cuando volvieron al ambiente del baile la música continuaba y la gente seguía disfrutando del baile. A Lauren le pareció agradable llevar a Ahriman al centro de la pista y dejar que sus mentes se vaciaran al compás de las notas. Ahriman parecía desconcertado por las acciones de ella, pero se dejó guiar por esa bella mujer. La tomó por la cintura tan delicadamente que ella se estremeció por completo y sus cuerpos simplemente obedecieron la música en movimientos perfectos.

 

by Laura Trinidad
and Jorge Ocaña

Confesiones de un Asesino

Un líbido hilillo rojo nacía por la dulce endidura de sus labios. Aquel camino rojo conducía hasta un extenso carmín sobre el suelo. Mi reflejo se observa profundo. Se observa difuso. Aquellos ojos color avellana aún se encuentran abiertos. Me observan todavía. Quizá me insultan. Quizá me humillen. Quizá me condenen. Aquellas mejillas ruborizadas jamás me perdonaran el haber arrebatado de un tajo la fuente de su belleza. Su rostro luce perfecto. Es joven y bella, ha muerto con honor y sin sufrimiento, consciente de cual iba a ser su fin, su rostro no se ha visto perturbado ni por la lágrima ni por el miedo, en cierta manera me siento orgulloso de aquella joven que postrada a mis pies, desnuda y sobria camina con irrevocables pasos para no volver, tan solo la calma reside en aquella mueca de serenidad con mirada al vacío. Su cuerpo aún yace en la posisión en la cuál acomodo su cuerpo para perecer.
Tanta belleza me conmueve. La sutileza de su entrega total  a su asesina fue crucial para un digno desenlace. Aún puedo sentir mi corazón latiendo. Mis manos aún tiemblan ¿Arrepentimiento? No, excitación. No puede esperar en volver a hacerlo. El placer disfrutado fue magnánimo. No podría comparar de ningún modo el placer sexual con la extasiante experiencia tenida esta noche.
Saboreo el dulce aroma de voz desvaneciendose en gritos ahogados de asfixia y muerte latente, en una dolora y agónica muerte instantanea.
Palpe con un par de dedos la tibia sangre y la saborée. Exquisito. El sabor de la muerte es suculento mas es exclusivo de los dioses. Y esta noche lo probé. Me siento vivo. He renacido. Me siento lleno de poder. Me siento Dios. Siento que todo lo puedo. Sin huellas en la escena el crimen me dispongo a limpiar su figura. El látex en mi mano rosa sus párpados para cerrarlos y darle fin a esa profusa mirada vacía y ocultar esos ojos color marrón. Sin ser incomodado por las manchas de sangre en mi rostro, me dispongo a consolar por última vez su rostro, cuando de pronto sin notarlo mi mano se desliza por su rostro apenas tocándolo. Un beso quizá. Tal vez dos. ¿Sentirá aún su cuerpo mis ganas de poder consolarla? No puedo pues debería remover toda la escena y fabricar una nueva adecuada al nuevo acontecimiento. Post mortem. Necrofilia. Tentador y sublime. El reloj estando de mi lado transcurre cada vez más lento como si me ayudase a tomar la decisión correcta.
De pronto toda serie de emociones llegan como un torrente dispuesta a hacerme olvidar el arrepentimiento. Me siento poderoso. Me siento feliz. Siento que voy a morir ante tal gozo, siento que me tiembla todo el cuerpo, me siento Dios, todo el mundo está a mis pies, la luz se proyecta, y se refleja, la tiniebla se disipa, el cielo y el infierno se juntan en uno, Dios le da la mano a la Bestia y ésta ríe ante Dios. Estos son los momentos que hacen que mi vida se haga llevadera, momentos efímeros que merecen ser inmortalizados como obras de arte. Ni el más caro de los cuadros, ni el mejor de los libros, ni el más sublime acorde se puede comparar a la belleza del asesinato. La alevosía es la mejor de todas las drogas y el pintar a la muerte la mejor de todas lar recompensas.

Celos

… Ante velas sobre candelabros de textura antigua y moldura moderna, sombras danzantes de mil y un formas se regozijaban en la habitación seducidas por el aroma a sándalo y jazmín desprendido por las velas. Con la ventana abierta, el viento se colaba sigilosamente con cautela, casi sin tocar aquel pequeño lucero que como un bailarín profesional exhibía sus pasos sobre el pavilo de las velas.
La luz de la luna se colaba cual intruso nocturno, sin opacar aquella opulencia y elegancia de la negra noche, misma que acompañada por nubes se hacía presente en las afueras de la habitación.
Una hoja de papel, una mano, pensamientos vagos y sangre como tinta, se organizaban creando un jugo de palabras en las sombras, para dar forma poco a poco a lo que un corazón reflejaba en ese momento.
Suspiro. Silencio. Miradas perdidas. Todos ellos elementos fundamentales de aquel texto que cobraba vida con cada recuerdo antecedido por la desquiciante calma total del lugar, gritando en silencio aquel papel, cada una de las confesiones generadas por un corazón egoísta y traducidas por una temblorosa ero segura mano.

“… Después de haberte amado toda una vida
No entiendo por que los has permitido vida mía,
Mira que terminar recuerdos con esta agonía
No me dejaste más motivos para esta cruel despedida.

Infidelidad, cruel verdugo de infinidad de amores,
Casualidad, lamentable infortunio y juego de azares,
Mi amor, un sentimiento egoísta de traidores
¿Acaso querías realmente un par de finales lúgubres?

Te rescate de la oscuridad dándote mi amor,
Y así también con tu traición te la puedo quitar,
Derramando la dulce vid del cuerpo sin parar,
Admirando por ultima vez de tus ojos su brillar.

Ahora lentamente el aire se te agota desesperadamente,
¿Acaso creíste que me engañarías fácilmente?
¿Podrías vivir con tus errores indefinidamente?
No lo creo, y aunque pudieras no soportaría verte con otra gente.

Libera tu alma corazón, que estés en la gloria,
Mientras el sepulcro vacío adorno en esta noche fría,
Admirando y consolando en el espejo al verdugo de tus días,
La viva imagen de quien te ama sin importar la lejanía,
Mientras tu aliento se desvanece al clavar más en la herida
Aquel objeto que algún día me dieras con el amor que de ti recibía,
Sorbiendo de una copa tu sangre que algún día sería,
La vid y la razón de existir de tus hijos; tu familia,
Nos veremos en la otra vida corazón, hasta entonces vida mía…”

Siendo la soledad la única testigo, aquel joven soltó aquella hoja de papel. Seducida por el suave viento fue ondeandose lentamente hasta caer al suelo, donde yacía inerte aquel bello cuerpo femenino de hermosa figura, con el rostro tranquilo y unos ojos que expresaban el horror en vida. El joven verdugo, se inclinó una ves más solo par acariciar ese frío rostro cadaverico. Un último beso sello la despedida formal. Se levantó y sin más salió de aquella habitación, dejando atrás su remordimiento, su vida, su amor, su todo…

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Salto de Cosalapa

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