Capítulo I. Camada


La mañana lucía esplendorosa, portando un hermoso vestido azul claro con sutiles y mínimos adornos blancos de nubes regordetas,  danzando con una pasmosa alegría al ritmo del viento primaveral que se manifestaba con cierto desdén.
Como era de esperarse, en Querétaro, los días de abril dejaban sentir esas mañanas templadas y despejadas, con un calor a medio día no tan agotador como en la costa, y una tarde fresca y lúcida para dar paso a las noches tranquilas de provincia.
En vísperas de Semana Santa, ya había familias disfrutando de los días previos a la semana mayor. Muchos decidían salir de viaje a visitar familiares mientras otros recibían a sus familiares, otros más simplemente disfrutaban de su tiempo libre en casa y otro tanto salía a visitar lugares bellos de la ciudad como Centro Histórico, El Cerro de las Campanas o el Acueducto que cruzaba por la avenida tal.
Por los senderos del mirador, que se encontraba cerca del antiguo pero hermoso Acueducto, se podía observar a aquellos personajes de siempre con sus grandes postes de madera y decenas de globos de distintos colores y formas.
Postrado a escasos centímetros de la cerca, un niño admiraba el paisaje, por los rasgos de su rostro, figuraba no tener más de 8 años, aunque su estatura y sus características físicas eran tan infantiles que uno le juraría dos años menos. Su cabello, castaño y crespo con ínfimas muestras de mechones ondulados, se alborotaba con el viento. Llevaba puesta una playerita de color negro, y unos jeans muy curiosos y con un par de tenis negros.
El infante, se deleitaba con semejante vista mientras familiares y amigos rondaban en las cercanías platicando sobre los planes del fin de semana. Ambas familias, los padres y los padrinos de bautizo del niño, se reunían cada fin de semana sin falta para disfrutar de una rica carne asada, platicar sobre los planes que tenían a futuro, planear las próximas vacaciones, actualizarse en cuanto a los chismes de la zona y todo mientras los niños salían a las áreas verdes del conjunto habitacional en el que vivían, para jugar con los demás niños del lugar.
De pronto, un Cardenal inmóvil sobre una rama, lo sacó de su mundo de abstracción al silbarle sigilosamente.  Aquel niño, Damián, llevo sus ojos en dirección de esa pequeña y hermosa ave, en agradecimiento por su compañía. Sonrió. Con un lindo vestido blanco, Fabiola, de cabellos en un tono castaño claro con una tez hermosa y una sonrisa de ángel, se acercó hasta el lugar y al lado de Damián observaron aquella ave mientras les cantaba risueñamente.
– ¡Que bonito pájaro! – dijo Fabiola sonriendo – ¡Y canta hermoso! ¡Yo quiero uno!
Las hermanas de Fabiola y de Damián, que estaban a unos metros, escucharon a su hermanita y fueron a ver de qué se trataba.
Ágil y peligrosamente, por otra rama del árbol donde el Cardenal ejecutaba su concierto acappella, un gato montés, en un silencio abrumador acechaba al pajarito, quién sería su desayuno esta ocasión. De inmediato, estando a una distancia ventajosa arremetió contra el colorado pajarillo, sin oportunidad alguna de poder huir a las garras de su cazador. Después del sonido de las hojas, sacudidas por el ataque vertiginoso del gato salvaje, solo quedó silencio, el trinar de aquél ave había cesado.
Durante la melodía interpretada con majestuosidad por el Cardenal, Damián había notado en el rostro de Fabiola esa alegría, la misma sonrisa de cuando hacia tonterías y ella reía viéndolo, el brillo de sus ojos era más intenso, el mismo de aquella vez en que compartieran, a pesar de su corta edad, su primer beso. Si bien era cierto que no eran experimentados ni maduros, para interpretar, o saber exactamente el sentimiento que había en ambos, les bastaba con sentirse bien disfrutando de la compañía del otro. Hasta Shakespeare podía deducir con el simple actuar de ambos niños, que entre ellos había un amor puro, sin malicia, solo las ganas de sonreír, de soñar juntos, y eso era lo que le fascinaba a Damián, esa hermosa y única carita de ángel, esa expresión de alegría inmensa, que esta ocasión se había visto cortada.
Sus padres aún planeando las actividades de esa tarde, les llamaron. Los planes eran ir a una tienda de autoservicio a comprar lo necesario para preparar la carne, para los niños, quienes mostraban cierto gusto y fascinación por el chocolate, como golosina al terminar la comida más tarde, acordaron comprarles helado de chocolate.

– Vamos Damián… Ya nos vamos… – dijo Fabiola mientras caminaba detrás de sus hermanas.
– Ya voy… – repuso.
Con la mirada fija en el felino, decidió ir en su búsqueda. Los papeles se habían invertido. Damián seguía al animal entre los arbusto, cuando algo dentro de él comenzó a reaccionar. Su respiración comenzó a ser más tranquila y profunda, sus movimientos exactos acompañados de un perturbador silencio.  Tomó un par de rocas pequeñas, y con la precisión de un francotirador logró darle con una roca, justo en el comienzo de una pata delantera directo al nervio adormeciéndola. Lo había inmovilizado.
Actuando de la misma forma, sin darle oportunidad de poder reaccionar al felino, se abalanzó en su contra tomando una vara en el camino, y le proporcionó un golpe tal, que instantáneamente el cazador vuelto presa, murió.
Bajo la calma tempestuosa del medio día y con mudos e incógnitos árboles como testigos del crimen, Damián soltó el arma homicida. ¿No era suficiente lo que había hecho que quería más? ¿Era normal? Más aún, ¿Lo que había hecho a aquel animal que simplemente seguía las reglas de la Naturaleza, era normal? Busco entre la hojarasca cualquier cosa puntiaguda que pudiese ayudarle. En una escena tétrica, donde el pequeño felino asesinado posaba como si le acariciasen la barriga, el infantil homicida procedió con cautela a ejecutar una autopsia.
Con sumo cuidado abrió el tórax del animal, uso ramas para abrirse paso sin mancharse las manos con aquel pigmento rojo carmesí, pero era inevitable. La tinta roja que emanaba del cadáver aún seguía tibia, el pelaje terso, y eso le fascinaba aún más a Damián. Sin saberlo y por puro instinto, localizó ese saco, la bolsa que tenía al pequeño parajillo cautivo y recluso, sin salida alguna.
Después de extraerlo con cuidado, cavo un hoyo y lo enterró.
Tiempo suficiente. Bastaron 5 minutos para que Damián despertara en sí mismo aquel instinto, aquella sed, aquella necesidad que tenía oculta en su interior. Sin embargo, era peligroso. Sabía que no estaba bien y que debía justificar sus acciones, esconderlas mientras se pudiese, o hacer que jamás nunca se enterasen.
Salió de entre los árboles a prisa sin titubear, más por prevención de que no vieran lo que había hecho, que por el regaño de haberse retardado y haber preocupado a su familia. En el camino uso un pequeño y escondido grifo de agua con el que regaban las plantas de ahí, para asearse las manos y eliminar rastros de tierra y la casi imperceptible sangre.
Al llegar con sus padres, quienes no habían avanzado mucho gracias a la plática que llevaban con sus similares, logró ver un rostro muy familiar acercándose a él.

Con una sonrisa macabra, ante la muda penumbra causada por los traviesos rayos de luz de Luna en una habitación fría y acogedora, Damián despertó. Aquel sueño le había recordado el inicio, el momento en que nació aquello que habitaba en su interior.
Entre los pliegues blanquiazules de una cama amplia, Damián recostado observó el reloj despertador sobre la mesita de noche de su izquierda. El aparato titubeaba las 4 de la mañana. Apenas un par de horas había trascurrido desde que se había acostado a dormir, y solo ese par de horas le había bastado a su cuerpo para reponerse.
Inquieto, acostumbrado y poco sorprendido ya a sus extraños hábitos de descanso, decidió levantarse. Se dirigió al sanitario. Sus pasos eran cadenciosos, se contraponían al físico de Damián, un hombre de complexión atlética que poseía fuerza aunque no voluptuosidad muscular. Detestaba ese tipo de apariencia, tan exagerada y tan perjudicial, pues criticaba que muchos de los que decidían aumentar su masa muscular, terminaban por pedir ayuda al no poder rascarse ellos mismos la espalda. Al encender la luz del sanitario, una leyenda en japonés y un dibujo místico se vislumbraron en su espalda. Se recargó breves instantes sobre el lavabo. Su mirada se desvió a su antebrazo izquierdo, donde otro dibujo, grabado del mismo modo que los de su espalda, con forma de cruz invertida, lo saludaba. Se aseó las manos, el rostro y la boca. Regresó hasta la cama, intentó acomodar un poco las sábanas pero al ver la computadora portátil en el escritorio, lo dejó. Paso con delicadeza sus dedos por sobre el touch pad del teclado para sacar del modo de hibernación al aparato. Tomó un cigarrillo y lo encendió. Fumó un poco, y llevándose la mano con la que sujetaba el cigarrillo a la sien, se dio un ligero y breve masaje, mientras esperaba recargado en el respaldo de la silla a que reaccionase la laptop.
La universidad era algo dura, y más cuando el ambiente laboral se incluía dentro de su mundo, y esta vez había olvidado un trabajo que se debía entregar en clases. Con los ojos cerrados, fumó un poco. Exhalando el humo del cigarro volvió en sí, para advertir la presencia de un amigo a su costado. Un singular canino se había postrado a unos 2 metros de la silla en la que estaba Damián. Su pelaje con tintes grisáceos y negros, daban un ejemplar aspecto al canino, con un ojo de un color azul cielo y el otro verde claro se podía notar inmediatamente la pesadez de su vista al ser observado cautelosamente por dicho animal. Era un lobo. Aquel canino estaba a su lado desde hacía ya 9 años, y a pesar de ello se encontraba tan activo como si el tiempo tuviera un pacto con él para jamás tocarlo.
Damián pudo sopesar en los gestos del canino sus ansias de querer salir del departamento. Sonrió. Se levantó de la silla de roble oscuro. Se acercó a una cómoda robusta y con ostentosos relieves. Se hizo de una playera sport color negra que sentaban perfectamente con los jeans de un azul oscuro que portaba. Se sentó en el borde de la cama y se colocó un par de tenis, sin usar calcetas. Aquellos tenis eran de una color negro con pequeños relieves finos en rojo, componiendo la figura de una araña y su tela. EL tipo de calzado era el característico usado por los skateboards, y que seguía usando a pesar de haber dejado aquel hobbie por falta de tiempo entre la escuela y la universidad. El futbol, los juegos de ajedrez, e incluso algunas salidas que solía realizar en antaño las había dejado de igual forma. Tomo una cajetilla de fósforos y los cigarros, tomó una abrigo largo y sus llaves y se dispuso a salir. Justo en la puerta, al momento de cerrar, el canino giró hacía la habitación quedando en modo de alerta.
– Tranquilo Tsuki, ya sé que tienes hambre… – dijo sonriendo – iremos de cacería.
El canino pasó su lengua por todo lo largo de su hocico, como si a la perfección comprendiera cada una de las palabras dichas.
Camino por el estrecho pasillo del edificio. A no ser por el silencio a esas horas, las garras de Tsuki no se hubiesen dejado escuchar al andar hacia el área de las escaleras. Tecleó algunas veces sobre la pantalla del celular, y de inmediato conectó los auriculares. Una melodía comenzó a escucharse. Vivaldi no le agradaba mucho, sin embargo la composición de las cuatro estaciones le era indescriptiblemente bella, más la parte correspondiente al invierno.
– La gente me aturde – comentó Damián – tu no tienes que estar lidiando con la monotonía diaria del ser humano ni estar soportando la estupidez humana.
Disfrutaba sus horas de caminata por la madrugada ya que era la hora en la que menos gente se podía ver por la calles.
– Políticos, religiosos, fanáticos, científicos… Muchos pueden hacer infinidad de cosas, y yo – sonrió dirigiendo una mirada a Tsuki – … y yo aún sigo aburrido por no saber que hacer.
Un puesto de periódicos le cortó el paso. Apenas recibía la mercancía que se vendería en el transcurso de la mañana. Los encabezados correspondientes al día eran referentes a la captura de un fanático, un simple misionero acusado por la muerte de 8 personas.
Leyendo los titulares en común de diversos diarios, fe sorprendido por una mano sobre su hombro provocando que se quitase los auriculares.
– Interesante ¿No crees? Egocentristas que dejan pistas en homicidios, demostrando ser más inteligentes y terminan por ser atrapados.
– Lo sé. Si creas un juego con tus propias reglas, es para ganarlo.
– Apuesto que no podrías hacerlo
– Me subestimas Miguel
Miguel sonrió y se colocó a un costado de Damián.
– Quizá se pueda cometer el crimen perfecto, pero no creo que exista el homicida perfecto ­– dijo sonriendo.
Después de un breve saludo con movimientos, como si de algún código de amistad se tratara, continuaron su camino.
– Pasé a verte a tu departamento, pero como no estabas supuse que te encontraría por aquí.
– Intrigante el hecho que supieras que estaba en esta calle – agregó Damián en tono burlón.
– Si estás insinuando que te sigo, estás mal. Simplemente eres la única persona en las calles a estas horas.
– Bueno, aún falta para la escuela. ¿Te parece una partida de ajedrez?
– Seguro – contestó Miguel, mientras se inclinaba para acariciar al canino – Nada mejor cómo iniciar el día con dos grandes amigos.

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