Soledad Demente


Aquel día el cielo se hallaba completamente despejado. Las nubes se encontraban como perdidas en un mar azul, a merced del suave viento. Era un día acogedor, de esos en los que no hace ni frío ni calor. La primavera estaba en todo su apogeo. Las hojas de los árboles, residentes de aquel parque, danzaban sin cesar al son del viento que las movía. El atardecer se estaba acercando con pasmosa calma, mientras niños jugaban en el verde césped, algunos otros con sus abuelos, pero todos siendo observados por sus padres. Otros más, caminaban en parejas cual recordando memorias lejanas. Sobre una banca, a orillas del lugar, se hallaba un chico sentado. Sujetando con una mano y asegurándola contra sus piernas, una libreta de dibujo era la herramienta perfecta para plasmar tan bello panorama. Sus trazos eran finos, con delicadeza artística conjugando el degradado de colores y el desvanecido provocando enigmáticos y nostálgicos claroscuros. Su silencio se vio sorpresivamente cortado, al una sombra cubrir aquel boceto sobre el cuaderno.
– Oye… ¡Que bien dibujas! – dijo una voz femenina.
– Gracias…
La chica rodeo la banca para tomar asiento al lado de aquel dibujante amateur. Una ligera ráfaga de aire levanto con sutileza como queriendo mostrar los dibujos de abajo, provocando que ella pudiera ver la firma en varios dibujos.
– Y además de paisajes, ¿Qué más dibujas Axel?
– Solo eso – contesto algo sorprendido – ¿Cómo sabes mi nombre?
– Lo leí en tus otros dibujos, en tu firma… – le contestó sonriente.
– Claro, disculpa…
En eso, un grupo de pequeños infantes jugaban a perseguirse pasando por ahí cerca. Voltearon a ver a Axel, regalándole una sonrisa de complicidad, para luego seguir jugando.
– ¿Y no has intentado hacer retratos?
– La verdad no… Casi no estoy junto a la demás gente, por lo que casi no puedo dibujarlos a distancia… Prefiero estar solo… – argumentó sin dejar de dibujar – Por cierto, ¿Cuál es tu nombre?
– Alma… ¡Mucho gusto! – dijo sonriente mirando lo que Axel dibujaba.
– Ese nombre siempre me gusto… – dijo sonriendo – Igual el de Soledad…
– A mi no mucho, pero ya que… – con un tono resignado – Y que tal si yo soy tu modelo… ¿Me dibujarías?
Axel, se sonrojo al momento. Su mano pauso inmediatamente aquellos trazos. Con calma, se tomó el tiempo para ver la mirada de aquella chica que estaba a su lado. La chica era de tez blanca, sus facciones eran delicadas haciendo juego con unos ojos grises, que en armonía con el cabello liso y negro, la hacían una mujer bella.
– ¿Estás segura?
– ¡Claro!
– En mi vida he dibujado a alguien, solo hago paisajes, dibujo gente, si, pero a lo lejos, nunca marco los detalles de las personas por que están a gran distancia… – tratando de hacerla ver en lo que se metía – Además que pues la profundidad del dibujo no lo permite.
– Bueno, ya te dije, seré tu modelo, y practicas conmigo hasta que puedas hacerlo bien, y me regales un dibujo mío… – refutó Alma con cierta coquetería.
Axel aceptó. La conversación continuó hasta que Axel terminó aquel dibujo que estaba haciendo. Enseguida, se acercaron a una banca del parque que estaba sola, trato de ubicar un perfil perfecto de manera que dos árboles coronaban la banca, creando perfectamente el escenario ara dibujarla.
– Listo, será una silueta completa… No te muevas.
– No lo haré… – dijo sonriendo.
Axel comenzó a hacer los trazos de aquel bosquejo. Conforme agregaba líneas, curvas, difuminado a las sombras con delgadas marcas del grafito, tomaba forma rápidamente. La gente que pasaba por el lugar, mirando a aquel chico con tanta frialdad y concentración, lograba poner la mirada en aquella hoja, lograba ver a una hermosa chica. Todos miraban con asombro la cautela y agilidad para los trazos de aquel joven, intercambiando miradas entre el cuaderno y el modelo dibujado.
Así pasaron varios días, semanas, meses… Axel, siempre llegaba a la hora de siempre con su libreta de dibujo, calentaba un poco calibrando sus líneas con pequeños bocetos, para luego, al llegar Alma, comenzara dibujarla, siempre en un lugar diferente y en todo momento con una sonrisa. La gente siempre lo veía creando dibujo tras dibujo, diario, con un fervor impresionante. Sin embargo, todo seguía igual, no hablaba con nadie, nadie hablaba con él. Pero eso no importaba, con Alma bastaba, era más de lo que podía pedir. Con el tiempo, se fue enamorando de ella. Después cada dibujo se relajaban dando un paseo por el parque, otras veces lo hacían antes de comenzar para buscar un nuevo escenario.
Un día, siendo ya final del atardecer con la noche cubriendo el cielo casi en su totalidad, estaban caminando por el parque. Axel, tomó un dibujo y se lo dio a Alma.
– En verdad te agradezco todo lo que has hecho por mí… – no pudo evitar sonrojarse mientras hablaba – has hecho que haga cosas que no creí poder hacer…
Un hombre de avanzada edad pasaba por el lugar. Al escuchar una voz levanto la vista viendo al sujeto, con una hoja de papel en la mano, y un tanto de hojas aseguradas con la otra.
– El placer fue mío, al ser la modelo de un dibujante tan bueno como tú…
– No Alma… Tú me inspiraste… – dijo Axel agradecido y complacido.
El sujeto que aun rondaba por ahí estaba cada vez mas cerca de ellos, y escuchaba que Axel hablaba con alguien, mas aún, en el lugar no había absolutamente nadie.
– Sabes, eres la única persona con la que…
– ¿Te sientes bien hijo? – lo interrumpió el sujeto dándole una suave palmada en el hombro.
– Claro, estamos de maravilla… – dijo muy feliz.
El hombre, algo confundido por su respuesta, miró frente a él, como buscando algo que debería de estar ahí.
– ¿”Estamos”? – preguntó atormentado el hombre.
– ¿Que sucede Axel? – preguntó Alma.
– Nada
– Gracias por el dibujo… me tengo que ir, ya es tarde…
– Claro, nos vemos mañana… – un tanto resignado por no haberle podido decir lo que tenía en mente.
El anciano, que aun estaba a su lado, estaba completamente confundido. El no había visto a nadie, sin embargo, había visto al chico hablarle a alguien cual si estuviera ahí. Vio como Axel, extendía la mano como entregando aquel bello dibujo a la nada. Para luego soltarlo. El anciano vio caer el papel al suelo.
– ¿No es adorable? – cuestionó Axel al anciano.
– ¿Quién?
– Se llama Alma, la conocí hace bastante tiempo, se convirtió en mi modelo para aprender a hacer retratos, y ahora estoy enamorado de ella – dijo con una vos embelezada.
El viejo puedo sentir que la mirada del chico estaba perdida en el vacío como consolando la inmensidad de un pequeño espacio en la nada.
– Bueno es tarde, yo igual tengo que irme…
– Espera hijo, tengo que…
El chico ya había echado a correr dejando al viejo atrás.
– ¡Tengo que dormir o mañana no la veré! ¡Pero aquí estaré mañana por la tarde!
El viejo, vio desaparecer en la negra noche al chico. Recordó el dibujo y lo recogió.
Al día siguiente, Axel estuvo igual que siempre, en la banca en la que conoció a Alma. Estuvo dibujando a un par de niños jugueteando, una pareja de ancianos enamorados y un kiosco que se encontraba cerca con algunas palomas. La noche ya estaba llegando, y Alma no llegaba. Axel se empezó a preocupar. ¿Había cometido un error al darle el dibujo? ¿O le habría pasado algo? Sumergido en un mar de pensamientos, no se dio cuenta de que el anciano de la noche anterior se sentó a su lado. Le colocó el dibujo de Alma en sus piernas. Axel, absorto en sus pensamientos despertó súbitamente al sentir el papel.
– ¿Cómo lo obtuvo? Este dibujo se lo dí a Alma… – se detuvo un poco a pensar – ¿Le paso algo?
El anciano lo detuvo tratando de calmarlo. Le explicó lo que vio la noche anterior. Conforme iba avanzando, Axel solo podía mirar los dibujos de Alma, incrédulo y negándose a pensar que era solo un invento suyo. Sin aguantar más, se levantó con los dibujos y corrió. Ya de noche y caminando por el parque, repasaba una y otra ves todos los momentos que paso feliz con Alma. Tomó una soga, fue al árbol más bello del lugar y se encontró a la persona que menos esperaba ver ahí. Alma.
– No llegaste, lo siento… – dijo mientras colocaba la soga.
– Pero aquí estoy ahora… ¿Qué haces?
Subiendo al árbol en silencio, se colocó la soga en el cuello, mirando por última ves los dibujos.
– Alma, me enamoré de ti y no existes… pero no puedo vivir sin ti…
Se dejo caer, sujetando los dibujos, dejando caer uno a uno mientras moría. Recordando los momentos que paso con ella durante todo ese tiempo.
– ¡¿Pero que te esta pasando?!Ella trataba de liberarlo de la soga, sin conseguir nada. El permaneció inmóvil aguardando por el final. Dando su último aliento, logró tocar por primera vez su mano. La sintió cálida, llena de vida. Cerró los ojos tratando de olvidarlo, no pudo. Abrió los ojos nuevamente y ahí, estaba aquel anciano que le había platicado todo. Desvaneciéndose, siendo ya parte de la muerte, logró ver como aquel anciano se desvaneció hasta desaparecer. En un instante, como un relámpago, llegaron a su mente cientos de imágenes donde él estaba con la chica, y viéndolos, aquel viejo con su abrigo negro y su bastón de roble. Comprendió que la única alucinación era el anciano.
– ¡Resiste por favor! – gritaba Alma desesperadamente mientras pedía auxilio.
Trato por soltarse de la soga con los escasos minutos de oxígeno que le quedaban dentro de los pulmones. Asfixiado, cansado, comprendió ya muy tarde que Alma, era la chica ideal para el, a la cual, había renunciado gracias a la razón errónea que tenía. Sus ojos comenzaron a cerrarse.
– ¡No! ¡No los cierres! ¡No me dejes! – gritó desesperada moviendo el cuerpo agonizante de Axel.
Axel, lamentando su error, abrió los ojos, levantó su mano donde tenía aquel dibujo que le había dado el viejo. No había nada, mas que una frase borrosa que decía “La soledad, termina matándonos”. Miró el rostro de Alma, bañada en llanto.
– Te amo…
Aquella hoja, cayó con una calma imperecedera hasta tocar el piso. Robando la última gota de vida de Axel.

by Jorge Andrés Ocaña Figueroa

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