Capitulo I. Danza de sombras


Era tan bella la noche, se sentía tan fría, tan desoladora, tan deprimente, tan oscura… El viento soplaba fuerte y la luna se apreciaba claramente. Era una de esas noches en las que el pasado hiere, el presente asfixia y el futuro advierte que todo dará un giro inesperado. Para bien o para mal, ella le hacía una reverencia a su futuro mientras entraba al recinto.
El lugar se abarrotaba de gente, unos bailaban y otros charlaban en tan animada reunión. De nuevo, perdida en un mar de mortales; de facciones frescas y mejillas sonrosadas. Mujeres hermosas en suaves telas de grandiosos colores y desfiles de diamantes en todo tipo de joyería. Hombres apuestos en ideología de príncipes. Nadie deseaba estar solo en una velada así, incluso quienes no pertenecían a la sociedad mortal y a quienes Lauren siempre imaginó como seres solitarios se encontraban allí, en compañía de algunos semejantes. El mundo había cambiado, y con él también lo habían hecho las criaturas que nacieron a un mundo de tinieblas y lleno de reglas igual que la sociedad común de los mortales. Ahora, todos eran libres siempre y cuando respetaran las reglas de oro que sobrevivieron a la abolición causada por los rebeldes. En teoría nada había cambiado.
Al abrirse paso entre algunos asistentes para conseguir una mesa disponible se sintió observada, fingiéndose ignorante de tal acción giró en su derredor para tocar el hombro de un mesero y mientras le sonreía cordialmente tomó una copa de vino, al mirar por sobre el hombro del sirviente encontró a quien la observaba desde que entró al lugar; un apuesto joven de ojos almendrados y espesas pestañas que le sonreía nerviosamente. A pesar de la considerable distancia ella podía escuchar los pensamientos del  joven inexperto que acudía a la fiesta en busca de su primera experiencia con el amor y la vida. Una experiencia que seguramente dolería. Ella le devolvió la sonrisa y le deseo suerte en silencio mientras volvía a su mesa.
La música sonaba, el vino se servía, las risas no faltaban, y todo parecía salir bien para los anfitriones.  Lauren observaba la manera en que la fiesta se desenvolvía y cómo todo y todos parecían complementarse de uno u otro modo. La vida para todos los mortales era una aventura, y en la actualidad, cada noche es una aventura. Lauren se preguntó cuántas aventuras de una noche habría en cada ser inmortal allí presente y si cada una había valido la pena. Una pregunta que también la incluía a ella.
Despejó su mente y cerró sus pensamientos una vez más. Una acción común entre los inmortales que ella misma dominaba por completo. Hacía tanto tiempo desde la noche en que juró no volver a abrir su mente a los demás que en ocasiones se preguntaba si lo hacía por inercia o en verdad le ordenaba a su mente callar. Se disponía a salir del salón de baile cuando alguien le habló a unos pasos detrás de ella.
– La noche es joven Lady Hathor, podría divertirse un rato más, ¿o es que está aburrida de tantas reverencias, buenos modales y apariencias? – Lauren tomó su capa y miró hacia la multitud fijando la vista en algún punto del salón. Parecía absorta en sus pensamientos e inesperadamente regresó a su realidad cuando una pareja pasó discutiendo frente a ellos.
– No hay nada para mí ésta noche Lord Brodverick. Además; no dispongo de una compañía agradable para seguir con la velada y parece ser que eso es algo esencial en ésta fiesta y no me considero la apropiada para que el único heredero Sargoû quiera pasar el resto de la velada a mi lado. Supongo que debí esperar un poco e invitar a alguna de mis recientes víctimas a divertirse en la última noche de su vida… Es una verdadera lástima que mi apetito no haya podido esperar – y sonriendo con sorna inició su trayectoria hacia la puerta principal del salón, sin despedirse.
Él la siguió con tranquilidad guardando distancia entre ellos y sin hablar. La observó de arriba hacia abajo; su cabello largo y negro, tan negro que al contacto con la luz del lugar parecía producir destellos azules como el plumaje de un cuervo. Del mismo color sus ropas, un vestido negro y ceñido a su figura con un pronunciado escote en la espalda que le permitía ver su piel tersa y blanca, pero lo que más llamaba su atención era un collar de dos vueltas hecho con pequeñas perlas negras que adornaba su cuello, un exquisito detalle para el cuerpo de la joven que caminaba delante de él, pensó mientras sonreía maliciosamente. De pronto, alguien se atravesó en su camino y acto seguido varios jóvenes ebrios aparecieron haciendo su propia fiesta frente a él. Cuando logró abrirse paso para continuar, ya no encontró a la damisela que seguía hacía unos instantes. Salió del salón de baile y la buscó por toda la estancia en penumbras. Lauren salió de entre las sombras y le sonrió un breve momento, luego se volvió hacia una de las puertas que se encontraba en la antesala del salón y tras cruzar la puerta llegó al balcón.
Ahriman entró tras ella y nuevamente observó la figura de su compañera, ésta vez trató de imaginarse a la damisela al acecho, pero sólo consiguió ver imágenes de sufrimiento. Imágenes donde ella aparecía en medio de lugares incendiados y un castillo lejos de todo donde ella alguna vez vivió como prisionera. Ahriman abrió rápidamente los ojos, y aunque todo duró solamente una fracción de segundo, la sensación de vacío y el dolor en su alma le decían que todo fue real.
Lauren observaba a los invitados divertirse, ignorantes de las atrocidades que ocurrían frente a ellos. El ambiente cambiaba, la sensualidad se desbordaba, el alcohol que parecía no tener fin, la libertad que se volvía libertinaje y el aroma de la sangre… Cerró sus ojos y esperó. Esperó a que el tiempo corriera y siguiera su curso, escuchó su cuerpo, silenció su alma, ahondó su ser con el estruendo de la música y entonces, en medio de la nada los recuerdos la atormentaron. Fue como si su alma se lanzara del balcón y se estrellara contra el mármol del salón. Ahriman le pidió que tomara asiento y ella en silencio obedeció. Él no creía lo que veía, la dama que tenía frente a sí, aparentemente ajena a todo aquello, pero era tan peligrosa como cualquiera que fingía no saber. Si le hizo una llamada sin palabras, Ahriman no la captó. Si hubo algún comentario, él no lo percibió. Ella simplemente se limitaba a mirarlo. Su apariencia era la de una criatura radiante de joyas y llena de luz a pesar de la elegante sencillez con la que iba vestida. La intensidad de su belleza hecha carne le hizo soltar un leve jadeo. Sí, lucía una indumentaria perfecta de mortal y, no obstante, su aspecto era aún más sobrenatural; su rostro era demasiado deslumbrante, sus ojos oscuros resultaban insondables y, durante una fracción de segundo, destellaron como si fueran dos ventanas asomadas al fuego del infierno. Le intrigaba descubrir todo lo que ella era, pero habría tiempo para eso, ahora su prioridad debía ser lo que ella sabía de él. La observó durante breves instantes antes de que considerara prudente hablarle, pero ella habló primero.
– Llevas toda la noche buscándome – dijo al fin. Y cuando su voz se hizo sonar, ésta era suave y casi burlona, obligándole a concentrarse para entenderla  – Pues bien, aquí estoy aguardándote. Llevo esperándote toda la velada.
Y, pese a todo, mortal o inmortal, nunca nadie le había resultado tan seductor, ni le habían cautivado tanto jamás. Aquello era el amor. Aquello era el deseo. Todos sus amoríos pasados no eran ni siquiera la sombra de éste. De pronto, un balcón los envolvió, privado y frío.
– ¡Esto no es más que un atroz azar! – musitó Ahriman de pronto. – Soy un demonio involuntario que llora como un chiquillo abandonado. Me encantaría poder volver a mi hogar.
– Esto podría ser un azar, pero no lo es. Sabías que estaría aquí. – Lauren se acercó lentamente, le sonrió y le tendió su mano. Ahriman le devolvió una sonrisa aun atormentada por todo lo que ella provocaba en él y tomó su mano. Salieron del lugar en silencio y regresaron al salón.
Cuando volvieron al ambiente del baile la música continuaba y la gente seguía disfrutando del baile. A Lauren le pareció agradable llevar a Ahriman al centro de la pista y dejar que sus mentes se vaciaran al compás de las notas. Ahriman parecía desconcertado por las acciones de ella, pero se dejó guiar por esa bella mujer. La tomó por la cintura tan delicadamente que ella se estremeció por completo y sus cuerpos simplemente obedecieron la música en movimientos perfectos.

 

by Laura Trinidad
and Jorge Ocaña

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